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INTRODUCCIÓN

¡ Bienvenidos a la catacumba de Domitila !

Autobuses ATAC 714, 716, 160, 670, 30[130] – Mapa pequeño | grande
Horas de visita: 9:00 – 12:00; 2:00 – 5:00 p.m. – Cerrado Martes
Entradas: Entera € 8 – Reducida € 5. El costo de la entrada incluye una visita guiada.
Las entradas reducidas se conceden a grupos escolares acompañados de una carta de presentación del Director del Instituto, así como a menores de 15 años a personal militar uniformado o que presenten una identificación militar. Si desea celebrar la Santa Misa en las catacumbas de Domitila, por favor contacte directamente a el director.


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Van a visitar ustedes la parte más noble de una de las catacumbas más extensas de Roma.


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  La catacumba de Domitila está compuesta actualmente por una red de 17 Km. de galerías subterráneas, algunas de ellas inaccesibles, excavadas en cuatro niveles o planos superpuestos.

Las catacumbas romanas constituyen uno de los testimonios más genuinos y completos que disponemos hoy para conocer a la comunidad cristiana de la capital del Imperio y el catolicismo de los siglos III al IX después de Cristo. Hasta el siglo II, en efecto, los primeros cristianos no dispusieron de cementerios fuera de la ciudad, e sepultaban sus muertos a lo largo de las principales vías consulares que conducían a Roma (como los Apóstoles Pedro en la colina Vaticana, y Pablo a lo largo de la vía que llevaba a Ostia).


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Desde finales del siglo II, y debido a que iba disminuyendo el espacio para nuevas tumbas en el terreno de la superficie, se comenzaron a excavar pequeños ambientes subterráneos, en ocasiones con breves galerías, llamadas hipogeos, en los que poder dar sepultura a los difuntos. Esta práctica estuvo en uso especialmente entre los cristianos, ya que, con costes limitados, permitía multiplicar el número de tumbas y acoger a los hermanos más pobres, tanto en hipogeos particulares como en cementerios regidos directamente por la Iglesia, sobre todo después de donaciones hechas por particulares.


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Este es el caso del cementerio que estáis visitando; en un principio el terreno pertenecía a Flavia Domitila, como lo atestiguan diversas inscripciones; una de éstas, con su nombre, se encuentra en la pared derecha de la basílica, a los pies de la escalera de entrada, entre los dos sarcófagos. Esta mujer era noble. Vespasiano era, en efecto, abuelo suyo y Domiciano su tío. Su marido, Flavio Clemente, fue cónsul junto con Domiciano en el año 95; pero en ese mismo año fue condenado a muerte por orden del emperador y Domitila fue exiliada a la isla Ventotene, acusada de "ateísmo", probablemente porque los dos eran cristianos, mientras que su sobrina, que llevaba el mismo nombre de Flavia Domitila, fue exiliada por el mismo motivo a la isla de Ponza, donde su prisión fue meta de peregrinaciones en el siglo IV.

En toda la zona en la que se encuentra la catacumba, los hipogeos particulares se fueron multiplicando durante la primera mitad del siglo III después de Cristo, y en este mismo siglo se fueron abriendo nuevas galerías. La gran catacumba de Domitilla nació con siete de estos hipogeos primitivos, excavados primero en el segundo piso o plano y luego en el primero, los cuales se unieron entre sí durante la primera mitad del siglo IV. A continuación, y hasta finales del siglo V, se fueron abriendo, ampliando así el gran cementerio con nuevas escaleras de acceso desde la superficie.

El motivo principal del nacimiento de las grandes catacumbas, incluida la da Domitilla, está en relación con la sepultura de los mártires. Estos fueron víctimas en particular de las persecuciones de los emperadores Decio y Valeriano, en los años 250 y 275, y de la de Diocleciano en el 303. Los mártires fueron enterrados como normales difuntos en sepulcros sencillos, pero después de la denominada "Paz de la Iglesia" del año 313 y del reconocimiento oficial del Cristianismo por parte del emperador Constantino, sus tumbas empezaron a ser veneradas.

Se consolidó poderosamente el deseo de ser sepultados en el mismo cementerio de los mártires, más aún, lo más cerca posible de sus tumbas, en los lugares llamados en latín retrosanctos o apud sanctos. Más tarde, en particular por obra del Papa Dámaso (366-384), con el nacimiento y el desarrollo de auténticas peregrinaciones, se construyeron verdaderos santuarios para la celebración de la liturgia eucarística sobre las tumbas veneradas.

Es una opinión muy difundida que, durante las persecuciones, las catacumbas sirvieron de refugio para muchos cristianos. No es cierto. Las catacumbas eran solamente cementerios subterráneos donde, entre otras cosas, el exiguo espacio y la escasa circulación de aire no permitían largas permanencias; estos cementerios, además, eran muy conocidos por las autoridades romanas para las cuales toda tumba, de cualquier religión, era sagrada y, por ende, protegida. Las galerías subterráneas eran frecuentadas solamente con motivo de la sepultura o del cuidado de las tumbas por parte de los familiares de los difuntos.

La catacumba fue descubierta por el primer explorador moderno de los cementerios cristianos, Antonio Bosio, en el 1593, quien corrió el peligro de perderse en el laberinto de galerías y describió su miedo de morir allí dentro y de contaminar con su "indigno" cadáver aquellos lugares sacros. Bosio creyó entonces que se encontraba en una parte de la gran catacumba de San Calixto. Entrado el siglo XIX se supo, de la mano de G.B. de Rossi, fundador de la arqueología cristiana, que se trataba de la catacumba de Domitilla y del santuario de los mártires Nereo y Aquileo. Desde entonces, numerosas excavaciones han sacado a la luz un considerable número de galerías.

LA BASÍLICA DE LOS MARTIRES NEREO Y AQUILEO

Su visita comienza precisamente en la basílica que fue construida a finales del siglo IV sobre la tumba de los dos mártires Nereo y Aquileo, recordados por el Papa Dámaso (366-384) con un largo epígrafe métrico en hermosos caracteres y cuya reconstrucción es visible en la parte alta de la pared derecha, a los pies de la escalera de entrada. Dámaso recuerda que los dos mártires eran soldados de la guardia imperial, asesinados por haber confesado su fe. Fueron víctimas probablemente de la persecución que dio comienzo con la que llevó a cabo el emperador Diocleciano en el año 303 contra todos los cristianos. Casi con toda seguridad, debemos al Papa Dámaso la construcción de la basílica; él dedicó diversos epitafios a los principales mártires romanos y construyó numerosos santuarios en otras catacumbas de Roma.


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Se entra en la basílica por una escalera moderna que en su última parte retoma el recorrido de la primitiva. La iglesia es un edificio de tres naves y atrio (ambiente en el que desemboca la escalera); en parte era subterránea, pero el techo sobresalía de la superficie como lo indica la reconstrucción moderna. Para construir la basílica, con tal de no tocar las tumbas de los mártires conservadas en el ábside, fueron destruidas numerosas galerías existentes en aquel lugar, pero conservando el acceso a algunas de la galerías circunstantes. La basílica sustituyó totalmente a un santuario precedente más pequeño, el cual, a su vez, había trasformado el ambiente en el que estaban enterrados Nereo y Aquileo. La iglesia se llenó muy pronto de tumbas de fieles devotos de los mártires: muchas de ellas se ven todavía, incluso sarcófagos, en diversos puntos bajo el pavimento y dan testimonio de ellos numerosos fragmentos de inscripciones y de otros sarcófagos encontrados aquí.


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En el ábside, a la derecha, pueden ver ustedes una pequeña columna sobre la que está representando el martirio de Aquileo, como lo indica la inscripción (Acileus). El mártir aparece con las manos atadas a la espalda, seguido por un soldado que se dispone a decapitarlo. Esta columna, junto con otra que debía ilustrar el martirio de Nereo, formaba parte del sostén de un baldaquino colocado sobre el altar de la iglesia situado en el ábside, correspondiendo probablemente a las tumbas de los dos mártires y que hoy no puede distinguirse con claridad y precisión.

La veneración de los mártires en la basílica, incluso cuando, a finales del siglo V se dejó ya de sepultar en la catacumba, continuó hasta mediados del siglo IX, cuando las reliquias fueron trasladadas a la cuidad. Se piensa que la iglesia se desplomó a consecuencia del terremoto que azotó Roma en el año 897.

LAS GALERÍAS Y LAS SEPULTURAS

Las catacumbas están excavadas en toba (tufo), una roca blanda de origen volcánico que se encuentra en el subsuelo de la ciudad de Roma. Las galerías, en ocasiones, se obtuvieron utilizando pequeñas galerías ya existentes (como conductos hídricos u cuevas de puzolana) o también, y con mayor frecuencia, excavando en la roca de toba. Las tumbas más antiguas son las que se encuentran más en alto; cuando se agotaba el espacio disponible, los enterradores excavaban hacia abajo para obtener otras tumbas, o ampliaban las galerías ya existentes creando diversos planos superpuestos, con escaleras internas.


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En las paredes de las galerías se pueden ver las tumbas más corrientes: los nichos, de forma rectangular, dispuestos en el lateral más largo, normalmente para una sola persona, aunque en ocasiones acogía a varios difuntos. Los nichos de menores dimensiones estaban destinados a la sepultura de niños; hay un considerable número de ellos, debido a la que la mortalidad infantil era muy alta en aquella época.


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Otro tipo de sepultura es el arcosolio: se trata de una tumba, para una o más personas, excavada en la toba y cubierta por un arco, también excavado en el toba.


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En las galerías se abren también las entradas a los cubículos, habitaciones de dimensiones diversas, normalmente cuadradas, con frecuencia adornadas con frescos, y en general propiedad de una sola familia.


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El difunto, envuelto en una sábana, era depuesto en la tumba, la cual era sellada, según los gustos y las posibilidades económicas, con tejas o lastras de mármol, sujetadas a lo largo de los bordes con cal. Sobre la cal o sobre el cierre, con frecuencia se grababa el nombre del difunto, en ocasiones acompañado con frases afectuosas o de buen augurio, la duración de su vida, la fecha de la muerte, y, a veces, se añadía algún símbolo. La mayor parte de las tumbas son anónimas, sobre todo las de los más pobres.

LOS SÍMBOLOS

En las paredes de la basílica y recorriendo las galerías de la catacumba son visibles todavía muchos de los símbolos explicados aquí. Estos, reproducidos en las paredes de los cubículos, en las lastras de cierre de los nichos o en la cal que las sujetaba, se referían a la fe del difunto.

Además de estos símbolos, en las catacumbas cristianas se encuentran con frecuencia representaciones de episodios tomados del Antiguo y del Nuevo Testamento, como por ejemplo:

Cada una de estas escenas presentaba un mensaje de salvación, a la vez que servía de catequesis a quien las miraba.

Recorriendo la galería pueden verse muchos nichos cerrados aún con las losas originales y pueden ustedes asomarse a la entrada de algunos cubículos, privados ya de todo tipo de decoración.


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A lo largo de la galería que están recorriendo ustedes pueden notar, a su izquierda, dos arcosolios cerrados por unas verjas en los que se conservan diversos objetos encontrados en la catacumba: se trata de linternas, conchas y objetos de cristal. Estos objetos estaban empotrados en la pared de la tumba, por fuera y tenían que ver de alguna manera con el difunto, o bien eran útiles para que los familiares identificaran la tumba. Las linternas, empotradas también por fuera en la pared de los nichos, permitían además una débil iluminación de las galerías.

Al final de la galería, a la izquierda, es visible una escalera que descendía a los pisos inferiores de la catacumba: el tercero, que se extiende bajo la basílica, y el cuarto, que fue abandonado a causa de una abundante corriente de agua.

HIPOGEO DE LOS FLAVIOS


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Continuando el recorrido, más adelante, a la izquierda, entramos en la "galería de los sarcófagos" del hipogeo de los Flavios, llamado así en el momento del descubrimiento y atribuido erróneamente a los Flavios cristianos. Se trataba, en realidad, de un hipogeo pagano cuyas tumbas más antiguas son de comienzos del siglo III después de Cristo; en la segunda mitad de este mismo siglo fue ocupado por sepulturas cristianas y en el IV quedó unido a la gran catacumba cristiana que se iba formando.


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En la galería se encuentran cuatro nichos destinados a otros tantos sarcófagos hoy desaparecidos. Todas las paredes estaban decoradas con frescos, hoy en muy malas condiciones, representando sarmientos de vid, racimos de uvas, pájaros y amorcillos vendimiando (en el nicho grande, a la derecha, es posible ver todavía un jarrón con dos pájaros a los lados). Cuando el hipogeo fue ocupado por tumbas cristianas, fueron añadidos nuevos frescos, hoy muy descoloridos, representando escenas de los episodios de Daniel y de Moisés, tomados del Antiguo Testamento.


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Deben imaginar ustedes que la entrada original del hipogeo, a la que se llega subiendo los escalones al final de la galería, estaba abierta en la falda de una colina. El vestíbulo antiguo tenía una fachada en ladrillos amarillos; sobre la puerta una concavidad cuadrangular indica el lugar donde se encontraba la inscripción, hoy desaparecida, que mencionaba a los desconocidos propietarios del sepulcro.

Mirando a la entrada, a la derecha, se abre una sala grande cubierta en aquel entonces con una bóveda (pueden verse aún restos de la misma), construida a principios del siglo IV y decorada con pinturas de las que son visibles aún algunos fragmentos. Un banco corrido, en mampostería, ocupaba tres lados de la pared, interrumpido solamente por la entrada a dos cubículos construidos sucesivamente. En este local se celebraban los refrigerios, es decir, los banquetes fúnebres, auténticas comidas consumidas junto a la tumba de los difuntos, generalmente el día del aniversario de su muerte. Este rito, tomado de las costumbres paganas, fue practicado durante mucho tiempo por los cristianos, incluso en ocasión del aniversario de la muerte de los mártires, antes de ser sustituido definitivamente por la Eucaristía.


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En la pared derecha de la sala (mirando hacia la entrada del hipogeo) se encuentra, detrás de una verja metálica, un pequeño nicho pintado, con fecha de finales del siglo III después de Cristo, en el que, entre guirnaldas, cestos de flores y pájaros, está representado el mito pagano de Amor y Psique bajo las figuras de amorcillos que recogen flores. El mito narra que Psique, habiendo perdido el esposo por su propia culpa, lo busca en el dolor y finalmente, purificada, se unen en bodas eternas.


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Por aquel mismo periodo fue excavado un pozo de 11 metros de profundidad, a la izquierda de la entrada del hipogeo, cuya agua se trasvasaba a una pila, colocada a la derecha, desde la cual una cañería de plomo, visible todavía hoy, la derramaba en una segunda pila que se encuentra a vuestros pies. Frescos con motivos vegetales adornaban el ambiente en el que se encontraba el pozo.

ARCOSOLIO denominado DE LOS "PEQUEÑOS APÓSTOLES"

Estas pinturas están fechadas a mediados del siglo IV. En la bóveda del arcosolio están representados los 12 Apóstoles colocados a los lados de Cristo. En el centro de la luneta (en la pared del fondo) se encontraba una figura femenina, hoy desaparecida, en actitud orante con el monograma Xi -Ro sobre la cabeza; a sus lados están pintados Pedro, a la izquierda, y Pablo, a la derecha, que representan la confianza de la difunta en la intercesión de los Apóstoles a su favor. A los lados del arcosolio están representadas dos palomas con ramos de olivo entre las patas, símbolo, come se ha visto, de paz y de salvación.


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Los doce Apóstoles están representados cinco veces en el interior de la catacumba de Domitila, colocados alrededor de Cristo docente sentado en la cátedra; se trata de una escena muy frecuente en el arte cristiano del siglo IV y quería representar el trono celestial como símbolo de la soberanía y del magisterio de Cristo y de sus representantes.

CUBICULO DEL SEPULTURERO DIÓGENES


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Aquí fue sepultado Diógenes, sepulturero de profesión, tal vez uno de los jefes de la corporación. Su nombre, hoy invisible, estaba pintado en su tumba colocada frente a la entrada (un gran nicho con pinturas). En la bóveda estaba representado Cristo con los Apóstoles Pedro y Pablo (que es el único visible a la derecha); en la parte baja se encuentran, a la izquierda, la resurrección de Lázaro (queda solamente la momia en la puerta de la tumba), y a la derecha la escena del milagro del manantial que hizo brotar Moisés (todavía visible). En la luneta estaba pintado Diógenes (la imagen fue destruida en el siglo XVIII), vestido con la ropa de faena y con los principales utensilios del oficio: el pico al hombro, un bastón con una linterna colgada de él, y en el suelo el hacha, la pala y el mazo.

La corporación de los sepultureros tenía en la antigüedad cristiana una función en extremo importante: Tenían la tarea de excavar las galerías y todas las sepulturas de las catacumbas; eran los encargados de vender las tumbas y se ocupaban de la sepultura de los difuntos. El trabajo de excavación lo hacían a la luz de las linternas con el pico y la pala, recogiendo la tierra en cestas que descargaban luego fuera a través de las escaleras y de los lucernarios, grandes pozos cuadrangulares que llegaban hasta la superficie y servían también para airear e iluminar las partes más profundas.

Atravesando otras galerías, entramos en la basílica. Antes de salir al exterior, pueden detenerse ustedes delante del sarcófago que se encuentra a la izquierda inmediatamente antes de la escalera de salida. Se trata de un gran sarcófago de mármol blanco, pagano, fechado en el siglo III, adornado con estrías onduladas (en forma de S o de ondas), a cuyas extremidades se encuentran leones que descuartizan a unas ciervas. En el siglo IV, fue usado de nuevo por un difunto cristiano y en el centro del frente fue esculpida una pequeña figura de orante.

Bajo el arcón colocado frente a la escalera de entrada, sobra la balaustrada derecha, se encuentra un fragmento de la tapa de un sarcófago en el que están representados a la izquierda la Virgen sentada con el niño Jesús en brazos ante el cual se inclinan los Reyes Magos, y a la derecha el milagro del manantial de Moisés.


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Coma ya se ha dicho, en todas las paredes de la basílica, pero de manera especial en la de la derecha, son visibles numerosos fragmentos de sarcófagos y de lastras de cierre de nichos en los que encontrarán ustedes algunos de los símbolos y de las representaciones del cristianismo primitivo que les han sido presentados anteriormente.

DESPEDIDA

Las catacumbas de Domitila son muy extensas, unos 17 kilómetros de extensión por una profundidad máxima de cerca de 30 metros; en nuestra visita hemos recorrido sólo una parte del segundo piso, denso de testimonios importantes. A pesar de su brevedad, esta visita os ha proporcionado una idea precisa de la manera en que los cristianos de los primeros siglos afrontaban la muerte y de cómo cuidaban a sus propios difuntos.


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El término "cementerio" es de origen griego y significa "lugar de descanso", según los cristianos, en espera de la resurrección final, de la salvación. Todas las pinturas y las frases grabadas en las tumbas que se encuentran en las catacumbas están impregnadas de esta confianza serena, y este mensaje ha llegado hasta nosotros a través de los siglos.